Volver

Haifaa suelta el carrito del pequeño Suffi, corre hacia la pequeña tienda paquistaní y sumerge la mano en una caja repleta de guindillas rojas y verdes. Se le tatúa una sonrisa y con su risa nerviosa llama a su marido, Amer, que ladea la cabeza y se acerca, resignado y conmovido por el duende de niña que de vez en cuando se apodera de su mujer.

Haifaa levanta la mirada y sigue encontrando tesoros… lentejas naranjas, hígado de cordero, limas, ocra, una increíble variedad de especies con las que cocinaba allí. Allí. Allí lejos, hace ya demasiado tiempo. Está contenta y ríe. “Yo cocinar bien”, dice. Y discute en árabe con su marido el menú, el gran festín.

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chillis

 

Llevan 15 meses en centros de acogida a refugiados en Bélgica y España. Ahora están tranquilos y muy agradecidos. Aprenden español con entusiasmo y preguntan todo con curiosidad infinita.

Pero… necesitan volver de vez en cuando; un ratito aunque sea, al lugar que se vieron obligados a abandonar; necesitan de ese reencuentro, fugaz pero eterno, con sus sabores, olores y colores y quieren compartirlo con nosotros que luchamos por estar a la altura de poder acompañarles en su proceso.

En cuestión de minutos, los 30 metros cuadrados de la casa se impregnan de mil olores, desconocidos para unas paredes de más de cien años de historia. ¡Haifaa está feliz! “Haifaa contenta, contenta”, repite con el delantal pringado ¡Echaba tanto de menos cocinar! Las lentejas naranjas sobre especiadas hierven a fuego lento; el hígado se marea entre el agua y el trapo, una y otra vez y vuelta de nuevo…; el kilo -al menos- de guindillas que ya han pasado por la batidora nos dejan llorando al resto de comensales.

Tres horas después conseguimos sentarnos a comer. Y empieza el viaje de regreso, sin movernos de la silla.

– Familia acompañada de Pueblos Unidos en Madrid

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